15/2/13

FRASES EN EL TEMA AMIA Y OBTENIDO EN REDES SOCIALES
¿Porqué renunció el Papa? Seguimos y seguiremos con este tema mientras sigan surgiendo interpretaciones. Hoy, parte del reportaje al biógrafo de Ratzinger; la respuesta espontánea de un religioso al que le “tiramos” la pregunta y Sandro Magister en partes pertinentes de dos escritos suyos en el que, veladamente, argumenta en línea con el artículo que publicamos de lector de NdF: una renuncia estratégica para dar un salto hacia el futuro de la Iglesia
ARTÍCULO DE FONDO. Densa reflexión de Mario Vargas Llosa, Sartre y los sueños perdidos de la política. Un párrafo,
“La política impregna hasta los tuétanos la vida cultural en todas sus manifestaciones y los extremos apenas dejan espacio a un centro democrático y liberal que tiene pocos defensores en el mundo intelectual. No sólo Sartre y Merleau-Ponty ven en De Gaulle y la Quinta República a un fascismo renaciente y en Estados Unidos a un nuevo nazismo. Semejante disparate es en aquellos años de esquematismo e intolerancia un lugar común. Produce vértigo que pensadores que nos parecían los más lúcidos de su tiempo se dejaran cegar de ese modo por los prejuicios políticos.”


Frases en el tema AMIA
Ginsberg: "De los 19 años que tenemos de impunidad, el matrimonio Kirchner lleva 10"
"Era un ambiente de una pobreza y de un nivel de compromiso que uno no espera del Congreso. El canciller Héctor Timerman imprimió las características de este ambiente, pobre, chicanero, vulgar. Hubo que estar horas y sobrellevar ese clima. Estuvo en manos de Timerman porque la intención de ellos era apurar la ley", afirmó Ginsberg en declaraciones al programa "Cada mañana", por Radio Mitre.
Esta ley significa un punto final para la AMIA
REDES SOCIALES
O sea, un gobierno que no confía en la justicia quiere mandar a un juez y a un fiscal a un país que niega su responsabilidad en un atentado para encontrar a los culpables de ese atentado que ese país dice que cometieron las propias víctimas para perjudicarlo.
 Y el canciller, ese mismo que hace unos días pedía a un diario inglés que “por favor lo tomen en serio”, dice que no sabe si habrá verdad ni justicia, pero que de algún modo van a ver si quizás encuentran a los culpables –las víctimas, ¿tal vez?– y un senador pide que la apuren porque la presidenta ya dijo que hay que aprobarlo y si lo dijo la presidenta no se discute más.
Todos son impresentables, pero el rol más patético, siempre, es el del judío útil, que sale a defender lo indefendible y se carga, de paso, al país que más garra le puso para liberar a su padre de la detención ilegal de una dictadura antisemita. De Filmus no vale la pena hablar porque es nada y la nada no existe. Pero vos, Héctor Timerman, renunciá ya.
(en Facebook)
RENUNCIA DEL PAPA.
Quién recogerá las llaves de Pedro
de Sandro Magister
…Este gesto (la renuncia) tiene la fuerza de una revolución que no tiene igual ni siquiera en siglos lejanos. A partir de aquí la Iglesia entra en terreno desconocido. Deberá elegir un nuevo Papa mientras el predecesor está aún en vida y sus palabras todavía resuenan, sus dictámenes aún valen y su agenda espera ser llevada a cabo…
…Los cardenales que a mediados de marzo se encerrarán en conclave son 117, el mismo número de los que hace ocho años eligieron al Papa Joseph Ratzinger en el cuarto escrutinio con más de dos tercios de los votos, en una de las elecciones más fulmíneas y menos contrastadas de la historia.
…En 2005, la candidatura de Ratzinger no surgió repentinamente: ya se había madurado al menos un par de años antes, y todas las candidaturas alternativas habían fracasado una tras otra. Hoy seguramente no será así. Y a la dificultad de individuar los candidatos se suma lo inédito de un Papa renunciante.
El cónclave es una máquina electoral única en el mundo que, afinada en el tiempo, ha conseguido en el último siglo producir resultados sorprendentes, eligiendo Papas a hombres de cualidades decididamente más altas del nivel medio del colegio cardenalicio que, en su momento, los ha votado.
…Además, los cónclaves se caracterizan a menudo por la capacidad del colegio cardenalicio de imprimir virajes en el papado. La secuencia de los últimos Papas es instructiva también sobre esto.
…Pero en las próximas semanas sucederá algo que no ha sucedido antes. Los cardenales tendrán que valorar qué confirmar o innovar respecto al precedente pontífice con él aún vivo. De Ratzinger todos recuerdan y admiran el respeto con el cual trataba también a quien era su adversario: hacia el cardenal Carlo Maria Martini, el más eminente de sus opositores, ha manifestado siempre una admiración profunda y sincera. Ahora bien, a pesar de su prometido retiro dedicado a la oración y el estudio, casi una clausura, es difícil que su presencia, aunque silenciosa, no grave sobre los cardenales convocados en cónclave y, después, sobre el nuevo elegido. Es inexorablemente más fácil debatir con libertad y franqueza de un Papa en el cielo que de un ex Papa en la tierra.
En Italia, en Europa y en Norteamérica la Iglesia atraviesa años difíciles, de declive general, pero con un despertar vital e incidencia pública aquí y allá, a veces inesperado, como ha sucedido recientemente en Francia. De nuevo, por tanto, los cardenales electores podrían orientarse a candidaturas de esta área, que en todo caso sigue poseyendo el liderazgo teológico y cultural sobre toda la Iglesia. Y precisamente Italia podría volver a la carrera, después de dos pontificados que han ido a parar a un polaco y a un alemán….
UNA APUESTA SOBRENATURAL
La renuncia de Benedicto XVI al papado no es para él ni una derrota ni un rendimiento (rendición, NdF). "El futuro es nuestro, el futuro es de Dios", ha dicho contra los profetas del infortunio en su última aparición pública antes del anuncio de la dimisión, la tarde del viernes 8 de febrero en el seminario romano.
Y hace dos inviernos, hablando precisamente sobre su posible futura dimisión, había advertido: "No se puede escapar en el momento de peligro y decir: Que se ocupe otro. Se puede dimitir en un momento de serenidad o cuando sencillamente no se puede más".
Si ahora, por tanto, el Papa Joseph Ratzinger ha decidido en conciencia que su jornada de "humilde trabajador en la viña del Señor" ha llegado a su fin, es sencillamente porque ha visto cumplirse las dos condiciones: el momento es sereno y el vigor para "administrar bien" ha disminuido por el peso de los años.
Efectivamente, parece que hay una tregua después de las muchas tempestades que se han sucedido en sus casi ochos años de pontificado. Una tregua que, sin embargo, ha dejado intactas las posiciones de poder que en la curia alimentan desde hace muchos años la inestabilidad.
Serán los dos últimos secretarios de Estado, los cardenales Angelo Sodano y Tarcisio Bertone, ninguno de los cuales es inocente, quienes gobiernen el interregno entre un Papa y el otro, el primero como decano del colegio cardenalicio, el segundo como camarlengo. Pero ambos saldrán luego definitivamente de escena. Para los otros jefes de curia el "spoils system", que tiene su inicio según la ley canónica con cada cambio de pontificado, liberará el nuevo Papa, si él querrá, de los malos administradores de la gestión precedente.
En sus casi ocho años de pontificado, Benedicto XVI ha sido determinado y clarividente al indicar las metas y mantener recto el timón, pero en la barca de Pedro la tripulación no siempre le ha sido fiel.
Ha sucedido así cuando ha impuesto una rigurosa línea de conducta para contrastar el escándalo de la pedofilia entre el clero, enfrentándose a aplicaciones hipócritas y tardías.
Ha sucedido lo mismo cuando ha ordenado limpieza y transparencia en los despachos financieros eclesiásticos, siendo desobedecido.
Ha sido así cuando ha visto cómo le ha traicionado su mayordomo de confianza, que ha violados sus secretos y robado los papeles más personales.
Pero hay más. Papa Ratzinger se ha batido sobre todo para reavivar la fe de la Iglesia, para corregir sus desbandadas en la doctrina, en la moral, en los sacramentos y en los mandamientos. Y también aquí a menudo se ha encontrado solo, atacado, incomprendido.
Ha sido, en resumen, una reforma inacabada la que perseguía Benedicto XVI. Dimitiendo ha reconocido que no puede llevarla adelante con sus débiles fuerzas. Y se ha confiado al cónclave para que elija un nuevo Papa con la energía necesaria para llevar a cabo tal empresa.
La suya es una apuesta sobrenatural que recuerda la de su predecesor Juan Pablo en los últimos, dolorosos años de su vida.
Entre los analistas de la Iglesia, es el profesor Pietro De Marco de la universidad de Florencia quien ha comprendido con más perspicacia el significado de la audaz renuncia de Benedicto XVI.
La diferencia parece abismal entre el Papa actual y su predecesor Juan Pablo II, que en lugar de dimitir quiso “permanecer en la cruz” hasta el último momento. Pero no es así.
Papa Karol Wojtyla confió al carisma de su cuerpo enfermo una ganancia espiritual para la Iglesia que sobrepasara la creciente ineficiencia de su gobierno.
Mientras que Benedicto XVI afronta un riesgo simétrico: confía el gobierno de la Iglesia, es decir, su "bien", a las fuerzas íntegras de su sucesor, en lugar de a los beneficios espirituales ofrecidos por una entrega prolongada a la propia debilidad, si permaneciera en el cargo.
El carisma de Juan Pablo II y la racionalidad de Benedicto XVI son las dos caras indisolubles de los dos últimos pontificados, cuyo signo son los respectivos actos finales.
Es por tanto insensato ver en la dimisión del Papa actual el inicio de una nueva praxis que obligará a los futuros pontífices a dimitir por enfermedad o por el peso de los años, tal vez bajo el arbitraje de un jurado visible o invisible formado por médicos, obispos, canonistas, psicólogos.
La decisión de un Papa de dimitir o de permanecer en el cargo a vida es siempre sólo suya según el ordenamiento de la Iglesia. Benedicto XVI ha decidido su renuncia "en conciencia ante Dios" y no la ha sometido a nadie. Sencillamente, la ha anunciado.
Y ahora ha puesto todo en las manos imponderables del próximo cónclave y del futuro pontífice. Comenta De Marco:
"La puesta en juego, en lo que se refiere al juicio humano, es enorme. Pero confío en esto: del mismo modo que el elevado riesgo de Juan Pablo II de gobernar la Iglesia con su ser sufriente ha obtenido el milagro de la elección de Papa Benedicto, así el riesgo, igualmente radical, de Benedicto de volver a entregar la guía de la Iglesia a Cristo para que conceda su peso a un nuevo Papa con fuerzas, obtendrá otro pontífice a la altura de la historia".
Los dos artículos de Sandro Magister han sido publicados en "L'Espresso" n. 7 de 2013, a la venta desde el 15 de febrero.
Andreas Englisch: "El Papa sentía que parte
de la Iglesia lo había dejado solo"
Por Laura Lucchini
-¿Cómo sabía aquello de que el Papa dimitiría?
-Ya hace diez años yo había escrito un artículo acerca de la posibilidad de que un papa se retire. El Vaticano reaccionó entonces muy mal, en el sentido de que me criticaron mucho y dijeron que se trataba de un tema del que ni siquiera se debería discutir. El único que dijo que estas críticas eran injustificadas fue el entonces cardenal [Joseph] Ratzinger. Él dijo en varias ocasiones: si un papa se hace demasiado mayor, debería dejar su cargo. Por eso, sabía que lo haría.
-El Papa dijo que le "faltan fuerzas". ¿Cree que ésa fue su motivación principal?
-Él está bastante bien. No creo que ése haya sido su principal motivo. La verdadera razón es que él tenía la impresión de que ya no representaba a gran parte de la Iglesia. Sentía que gran parte de la Iglesia lo había dejado solo. Hubo varios momentos en los últimos meses donde vio que muchos obispos y cardenales ya no lo seguían. Cuando se dio cuenta de esto, decidió abandonar.
-Este pontificado fue marcado por algunos escándalos...
-Los principales escándalos fueron tres. Uno, el de los abusos sexuales. Otro gran error fue hablar mal de Mahoma en el curso de su viaje a Ratisbona. Y en tercer lugar, la rehabilitación del cura antisemita miembro de la Fraternidad de Pío X Richard Williamson (expulsado de la Argentina en 2009), algo inaceptable para un papa alemán.
-¿Fue presionado para renunciar o actuó libremente?
-No es posible presionar a un papa, o por lo menos es difícil. Estaba desilusionado de que había poca comprensión de su línea y tan poca ayuda.
-Usted dice que el Papa sintió que ya no representaba a gran parte de la Iglesia. ¿Quiénes eran en concreto los que se estaban alejando de Benedicto XVI?
-Se trata de un gran grupo de obispos que tiene una visión distinta de la del Papa acerca de la pregunta de qué hay que hacer con los divorciados que se volvieron a casar y que hasta ahora están excluidos de los sacramentos. Sin embargo, gran parte de los obispos no está de acuerdo con esta postura. En este momento hay varias iniciativas para cambiar este punto, pero la directiva actual es la que quiere el Papa. Pero él se daba cuenta de que gran parte de los obispos ya no estaban de su lado.
-Concretamente, ¿cuán solo se puede sentir un pontífice?
-Lo conozco bien desde antes y sé que era una persona que siempre estuvo muy sola. Ratzinger conocía poca gente en el Vaticano. Tenía dos amigos: uno, su secretario Josef Clemens; el otro, su colaborador, el cardenal Tarcisio Bertone. Pero nadie más. Él escribió varias veces que se sentía dejado solo. También escribió a los obispos alemanes porque se sentía criticado por parte de ellos y quería entender por qué. Hablé con él directamente, antes de que fuera papa, y decía que buena parte de los alemanes y de los teólogos no estaba con él. Durante el papado de [Karol] Wojtyla siempre había mucha gente en su habitación. Y en la de Ratzinger, raramente había alguien.
-Su relación con la Iglesia alemana siempre fue problemática...
-Fue algo muy tormentoso. Tenía un enfrentamiento tras otro. El cardenal Karl Lehmann, que fue también presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, luchó contra la línea de Ratzinger durante muchos años. Ellos nunca se reconciliaron verdaderamente.
-Además de la cuestión de la renuncia, ¿por qué otras cosas cree que será recordado este pontificado?
-Él intentó limitar los daños de la catástrofe de los abusos sexuales. Ése fue un paso grande, porque él no era culpable. Estos problemas se originaron en tiempos precedentes. Juan Pablo II no luchó contra los responsables de esos crímenes. Ratzinger se enfrentó a un problema que no había causado y lo hizo de manera muy humilde. Se disculpó con todo su corazón frente a las víctimas de todo el mundo.
-¿Qué características tiene que tener el futuro papa?
-Ahora empieza la gran batalla para ver si los italianos logran conquistar de nuevo la butaca de papa. Ésta es la pregunta fundamental. Si logran hacer esto, volverán a transformar el papado en algo de la Iglesia italiana. Si no lo logran, el papado seguirá siendo global, tal como lo hicieron Juan Pablo II y Benedicto XVI..
¿Por qué renunció el Papa?, le pregunté a un religioso de mi conocimiento. Porque se quedó sin respuestas. Los requerimientos que tiene que resolver un próximo Papa no tienen respuestas de parte de Benedicto XVI:  los divorciados, los miles de sacerdotes que están hoy en pareja, las mujeres y el sacerdocio, son temas que son vistos como blanco y negro por el actual Papa y no puede seguir.
ARTÍCULO DE FONDO. Reflexiones sobre un libro de Sartre que lo llevan a su juventud con la perspectiva de una vida vivida
Sartre y los sueños perdidos de la política
Reflexiones, por Mario Vargas Llosa / El País (Madrid).
Estaba ordenando el escritorio y un libro cayó de un estante a mis pies. Era el cuarto volumen de Situations (1964), la serie que reúne los artículos y ensayos cortos de Sartre. Lo encontré lleno de anotaciones hechas cuando lo leí, el mismo año que fue publicado. Comencé a hojearlo y me he pasado un fin de semana releyéndolo. Ha sido un viaje en el tiempo y en la historia, así como una peregrinación a mi juventud y a las fuentes de mi vocación.
Sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años universitarios, desde que descubrí sus cuentos de El muro, en 1952, mi último año de colegio. Debo haber leído todo lo que escribió hasta el año 1972, en que terminé, en Barcelona, los tres densos tomos dedicados a Flaubert (El idiota de la familia), otra de las tetralogías que dejó incompletas, como las novelas de Los caminos de la libertad y su empeño en fundir el existencialismo y el marxismo, Crítica de la razón dialéctica, cuya síntesis final, prometida muchas veces, nunca escribió.
Después de veinte años de leerlo y estudiarlo con verdadera devoción, quedé decepcionado de sus vaivenes ideológicos, sus exabruptos políticos, su logomaquia y convencido de que buena parte del esfuerzo intelectual que dediqué a sus obras de ficción, sus mamotretos filosóficos, sus polémicas y sus úcases, hubiera sido tal vez más provechoso consagrarlo a otros autores, como Popper, Hayek, Isaías Berlin o Raymond Aron.
Sin embargo, confieso que ha sido una experiencia estimulante —algo melancólica, también— la relectura de su polémica con Albert Camus del año 1952, sobre los campos de concentración soviéticos, de su recuerdo y reivindicación de Paul Nizan, de marzo de 1960, y del larguísimo epitafio (casi un centenar de páginas) que dedicó a la memoria de su compañero de estudios, aventuras políticas y editoriales, amigo y adversario, el filósofo Maurice Merleau-Ponty (1961).
Era un soberbio polemista y su prosa, que solía ser siempre inteligente pero seca y áspera, en el debate se enardecía, brillaba y parecía insaciable su afán de aniquilación conceptual de su contrincante. No se equivocó Simone de Beauvoir cuando dijo de él que era "una máquina de pensar", aunque habría que añadir que ese intelecto desmesurado, esa razón razonante, podía ser también, por momentos, fría y deshumanizada como un arenal. Leída hoy, no cabe la menor duda de que su respuesta a Camus era equivocada e injusta, y que fue el autor de El extranjero quien defendió la verdad, condenando la muerte lenta a que fueron sometidos millones de soviéticos en el gulag por el estalinismo a menudo por sospechas de disidencia totalmente infundadas y sosteniendo que toda ideología política desprovista de sentido moral se convierte en barbarie. Pero, aun así, los argumentos que esgrime Sartre, pese a su entraña capciosa y sofística, están tan espléndidamente expuestos, con retórica tan astuta y persuasiva, tan bien trabados e ilustrados, que suscitan la duda y siembran la confusión en el lector. Arthur Koestler pensaba en Sartre cuando dijo que un intelectual era, sobre todo en Francia, alguien que creía todo aquello que podía demostrar y que demostraba todo aquello en que creía. Es decir, un sofista de alto vuelo.
La evocación de Paul Nizan (1905-1940), su condiscípulo en el liceo Louis le-Grand y en la École Normale Supérieure, a quien lo unió una amistad tormentosa, es soberbia y —adjetivo que rara vez merecían sus escritos— conmovedora. Hijo de un obrero bretón que, gracias a su talento, recibió una educación esmerada, Nizan fue muchas cosas —un dandi, un anarquista, autor de panfletos disfrazados a veces de novelas que seducían por su violencia intelectual y su fuerza expresiva— antes de convertirse en un disciplinado militante del Partido Comunista. Cuando el pacto de la URSS con la Alemania nazi, Nizan renunció al partido y criticó con dureza esa alianza contra natura. Poco después, apenas comenzada la Segunda Guerra Mundial, murió en el frente de una bala perdida. Pero su verdadera muerte fue la pestilencial campaña de descrédito desatada por los comunistas para envilecer su memoria.
Camus rompió con Sartre por la cercanía de éste con el Partido; Nizan, por las diferencias y reticencias que guardaba con aquél. En su ensayo, que sirvió de prólogo a Aden, Arabie, Sartre hace un recuento muy vivo de la fulgurante trayectoria de ese compañero que parecía destinado a ocupar un lugar eminente en la vida cultural y que cesó, de aquella manera trágica, a sus 35 años. En tanto que, cuando refuta a Camus, aparece como un perfecto compañero de viaje, en el que dedica a defender la vida y la obra de Nizan, Sartre es un develador implacable del sectarismo dogmático que cubría de calumnias infames a sus críticos y prefería descalificarlos moralmente antes que responder a sus razones con razones. El ensayo es también una premonición de lo que podría llamarse el espíritu de Mayo de 1968, pues en él Sartre propone a Nizan como un ejemplo para las nuevas generaciones, por haber sido capaz de romper los moldes ideológicos y las convenciones y esquemas dentro de los que se movía la izquierda francesa, y haber buscado por cuenta propia y a través de la experiencia vivida un modo de acción —una praxis— que acercara el medio intelectual a los sectores explotados de la sociedad.
El ensayo sobre Merleau-Ponty es, también, una autobiografía política e intelectual, un recuento de los años que compartieron como estudiantes de filosofía en la École Normale Supérieure, su descubrimiento de la política, del marxismo, de la necesidad del compromiso, y, sobre todo, su toma de conciencia del odio que les inspiraba el medio burgués de que ambos provenían. Este odio impregna todas las frases de este ensayo y se diría que, a menudo, es él, antes que las ideas y las razones, y antes también que la solidaridad con los marginados, el que dicta ciertas tomas de posición y pronunciamientos de los dos amigos. Sartre es muy sincero y poco le falta para reconocer que, en su caso, la revolución no tiene otro objetivo primordial que borrar de la tierra a esa clase social privilegiada, dueña del capital y del espíritu, en la que nació y contra la que alienta una fobia patológica. En este ensayo aparece la famosa afirmación sartreana ("Todo anticomunista es un perro") que llevó a Raymond Aron a preguntar a Sartre si había que considerar a la humanidad una perrera.
Merleau-Ponty fue el último de los intelectuales de alto nivel con los que Sartre fundó Les Temps Modernes en romper con la revista que, durante años, fue para muchos jóvenes de mi generación una especie de Biblia política. A partir del alejamiento de Merleau-Ponty, en los años cincuenta, sólo quedarían con Sartre los incondicionales, que, durante toda la guerra fría, aprobarían sus idas y venidas y sus retruécanos a veces delirantes en esa danza sadomasoquista que vivió hasta el final con todas las variantes comunistas (incluida la China de la revolución cultural).
Este ensayo impresiona porque muestra la fantástica evolución de Europa en el medio siglo transcurrido desde que se escribió. Cuando Sartre lo publica, la URSS parecía una realidad consolidada e irreversible. La guerra fría daba la impresión de poder transformarse en cualquier momento en guerra caliente y, aunque Sartre y Merleau-Ponty discrepan sobre muchas cosas, ambos están convencidos de que la tercera guerra mundial es inevitable y que, una vez que estalle, el Ejército soviético tardará muy poco en ocupar toda Europa occidental.
La política impregna hasta los tuétanos la vida cultural en todas sus manifestaciones y los extremos apenas dejan espacio a un centro democrático y liberal que tiene pocos defensores en el mundo intelectual. No sólo Sartre y Merleau-Ponty ven en De Gaulle y la Quinta República a un fascismo renaciente y en Estados Unidos a un nuevo nazismo. Semejante disparate es en aquellos años de esquematismo e intolerancia un lugar común. Produce vértigo que pensadores que nos parecían los más lúcidos de su tiempo se dejaran cegar de ese modo por los prejuicios políticos.
Ahora bien, pese a las orejeras ideológicas que delatan, aquellos debates tienen algo que en el mundo de hoy ha sido barrido por, de un lado, la banalidad y la frivolidad, y, por otro, el oscurantismo académico: la preocupación por los grandes temas de la justicia y la injusticia, la explotación de los más por los menos, el contenido real de la libertad, cómo conciliar ésta con la justicia e impedir que sea sólo una abstracción metafísica, etcétera. En nuestros días los debates intelectuales tienen un horizonte muy limitado y transpiran una secreta resignación conformista, la idea de que aquellas utopías de los tiempos de Sartre y Camus han quedado para siempre erradicadas de la historia. Hoy por hoy, tratándose de política, el sueño está prohibido, ya sólo son admisibles los sueños literarios y artísticos.



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